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Actualizada: 14/08/2016
 

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Guerra y Paz. Guerra fría. Guerra geoeconómica

 


Una guerra fría al servicio de una guerra
geoeconómica (I)

Por Alberto Rabilotta y Michel Agnaïeff *

En la actualidad, y sin embargo un cuarto de siglo después de la disolución de la Unión Soviética, la "guerra fría" resurge para convertirse en una amenaza creciente para la paz mundial.
La tentativa en curso de utilizar la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para completar el cerco militar de Rusia, y el giro de Estados Unidos hacia la región Asia-Pacífico para preservar su estatus de potencia dominante, particularmente en el mar de China, son percibidas como las fuentes de este resurgimiento de una guerra fría que se pensaba había desaparecido para siempre.

En realidad nada oculta la voluntad de Washington de provocar un aumento de las tensiones. Los anuncios casi cotidianos confirman la intención de afirmar la presencia activa de la OTAN en Europa, y particularmente en los países limítrofes de Rusia.

Esto se traduce mediante la creación de nuevas bases militares, en la instalación de sistemas avanzados de radares y de misiles de mediano alcance con capacidad de transportar ojivas nucleares, y en el anunciado estacionamiento de bombarderos estratégicos B52 en las bases europeas de la OTAN.

El telón de fondo de todo este despliegue son las incesantes maniobras militares, entre ellas el ejercicio militar Anaconda-16, que dio lugar al más importante despliegue de fuerzas extrajeras en Polonia desde la Segunda Guerra mundial.

Un ritmo similar se observa en los vuelos de reconocimiento con claras intenciones intrusivas y la ostentadora presencia de navíos y flotas de guerra de Estados Unidos (EE.UU.) y de sus aliados a lo largo de las aguas territoriales rusas y en el Mediterráneo Oriental.

Estas demostraciones de fuerza inspiradas en la estrategia de empujar al adversario hacia "el borde del abismo" son presentadas por la cartelizada prensa occidental como la "respuesta legítima" a una amenaza rusa (supuesta y jamás demostrada) contra los países del Báltico y Polonia.

Rusia sería el agresor, y la OTAN la víctima que busca asegurarse cómo defenderse. Lo mismo para el giro de los acontecimientos en Ucrania desde el derrocamiento del gobierno de Yanukóvich, donde absolutamente todo "se debe a una intolerable injerencia de Rusia".

En el caso de China, la prensa occidental juzga la situación como si la cuestión de la libertad de navegación se limitara al "derecho" de los navíos de guerra estadounidenses de patrullar en las aguas de la zona económica exclusiva de 200 millas marinas del país asiático, o más aún, de "controlar" las aguas del estrecho de Malaca, arteria vital para la economía china.

De esta manera la prensa occidental define hechos y eventos de situaciones que pueden rápidamente convertirse en explosivas en un marco que no deja lugar a análisis más equilibrados. Y de paso relega en el "purgatorio de las teorías del complot" los intentos de tomar una prudente distancia frente a una narración dominante fabricada principalmente por los "Think Tanks" estadounidenses, debidamente amplificada por la concentración de la propiedad de medios de difusión y la cercanía -muchas veces promiscuidad- de las redacciones de esos medios con sus gobiernos respectivos en materia de cobertura internacional.

Sin olvidar la forzada dependencia hacia fuentes de información "reconocidas" y la homogeneidad mental existente de los periodistas empleados por esos medios, convenientemente "moldeados" por las estrategias de persuasión de las cuales pasarán a ser sus voceros.

Existen muchas variantes en los puntos de vista sobre las causas de este resurgimiento de la guerra fría, y el difundido por los medios masivos suele ser simplificador y moralizante, con el mensaje subyacente de que la fuente de tensiones sería una persistente y sorda lucha entre el mal (el autoritarismo y la corrupción) y el bien (economía de mercado y libertad democrática).

Por otra parte los puntos de vista marginales, con matices o en franca oposición a esta narración dominante, tienden a invocar el "peso dominante" de la historia, de la geografía o de las decisiones políticas tomadas bajo la presión de intereses estrechos y de orden económico o financiero.

Tales factores, es evidente, están en juego en la situación actual. La explicación del retorno de la guerra fría no puede empero ser reducida a la constatación, no importa cuán justa sea, de que el aumento de las tensiones sirve muy bien a los intereses del complejo militar-industrial de EE.UU., particularmente con la restauración de una "amenaza rusa" mucho más convincente que una "amenaza terrorista", real pero limitada, para así justificar los enormes presupuestos para armamentos.

Ni tampoco limitarse a exclusivas consideraciones geoestratégicas inspiradas en mayor o menor medida por las teorizaciones de geopolíticos como Mahan, Mackinder o Spykman.

Una parte de la explicación se encuentra en el "problema" que constituye, frente a la voluntad de supremacía de EE.UU., la singularidad de la posición geográfica de Rusia, situada en un "centro" geográfico de la historia mundial, por la potencia creciente de Alemania en Europa y por la posibilidad de una colaboración germano-rusa orientada hacia Eurasia. El proyecto chino de la "ruta de la seda" no pasa desapercibido en Washington, donde se lo ve como un primer paso concreto hacia la formación de un bloque chino-euroasiático.

Es precisamente este "problema" el que en los años 90 llevó a que Zbigniew Brzezinski proclamara que en nombre de la defensa de la preponderancia mundial de EE.UU., era necesario por una parte "contener" toda tentativa de Rusia para recuperar su posición de gran potencia, y por la otra avasallar a Europa mediante sus "socios" en el Continente.


De esta manera EE.UU. buscaba conservar el papel de árbitro supremo en las relaciones de poder en el seno del espacio euroasiático, que estuvo a su disposición por el desmembramiento de la Unión Soviética.

La recuperación de Rusia bajo los gobiernos de Vladimir Putin, la afirmación de la potencia china y el fracaso de las políticas neoconservadoras adoptadas después de los atentados del 11 de septiembre del 2001 hicieron irrealizable la "doctrina" Brzezinski.

Es así que en lugar de intentar controlar el centro del continente euroasiático, Washington prefirió asentar la supremacía de su posición de fuerza en el sistema financiero internacional y en el control de las nuevas tecnologías, apostando principalmente a la conclusión de tratados comerciales y de inversiones a nivel bilateral, en los cuales hace jugar a su favor la asimetría de potencia entre EE.UU. y sus "socios" para imponer los elementos claves de condicionalidad política.

¿Qué logra EE.UU. mediante esta estrategia?:

1) enfrentar dondequiera las tentativas de integración económica regional iniciadas sin su consentimiento.

2) abrir la vía a "tratados interregionales" juzgados más apropiados para proseguir sus intereses en cuestiones de política económica y de relaciones internacionales. El papel de árbitro supremo en materia de relaciones de poder a través del mundo que se atribuye Washington deviene así indisociable de su voluntad de someter a los países signatarios de esos tratados a los intereses de un sistema económico que bajo la dirección de EE.UU. está siendo construido a toda marcha en el mundo, y del cual serán los beneficiarios casi exclusivos.

El ejercicio de la hegemonía transitará principalmente por la instauración del neoliberalismo a través del mundo. El imperialismo aplicará a fondo la presión para concluir esos tratados comerciales, de protección de las inversiones y de los derechos de propiedad intelectual, que según el discurso oficial están destinados a asegurar un "buen ámbito" para los negocios en el marco de un proceso de internacionalización de la economía.

Esos tratados servirán sobre todo a consolidar los mecanismos esenciales del orden imperial estadounidense, o sea la primacía del sistema financiero de EE.UU., el papel central del dólar en el sistema monetario mundial, la aplicación extraterritorial de las leyes estadounidenses, la reproducción de los estándares de EE.UU. en las reglamentaciones sobre la propiedad intelectual.

Asimismo la multiplicación de mecanismos privados para el arreglo de los diferendos comerciales y de inversiones que marginalizan el papel de los gobiernos nacionales en las orientaciones de las economías de los países.

Esta presión imperialista es aplicada a fondo y puede llegar a la desestabilización de los "países recalcitrantes" más débiles, utilizando para ello las conocidas vías del apoyo a la contestación democrática por vía electoral, el lanzamiento de acusaciones de crímenes o corrupción, mediante el apoyo orgánico y financiero de la subversión interna, así como de presiones o sanciones económicas de todo tipo.

Y además de estos instrumentos, en países juzgados como "difícilmente quebrantables", como Rusia y China, la estrategia aplicable incluye la contención y amenazas en sus regiones fronterizas: para el primero la sostenida agitación en el Cáucaso y el derrocamiento del gobierno en Ucrania en 2014, y para el segundo el separatismo en la región autónoma Uigur de Sinkiang y el conflicto territorial en el mar del Sur de China.

En América Latina, tierra de ensayo de las políticas del imperialismo neoliberal, Washington y sus aliados locales han logrado a través su influencia en los "independientes" poderes judiciales y los cartelizados medios de comunicación, derrocar gobiernos (golpes de Estado en Honduras en 2009, en Paraguay en 2012 y juicio político para inhabilitar a la presidenta brasileña Dilma Rouseff en 2016).

Y paralizar a gobiernos que buscaban ampliar la democracia y la justicia social, como Argentina bajo los gobiernos de Cristina Fernández.

Para el politólogo argentino Edgardo Mocca, existe "un profundo interrogante sobre el rol del Poder Judicial en la democracia argentina porque se acumulan elementos que inducen a pensar que la corporación judicial se ha convertido en uno de los pilares de la restauración neoliberal, en un plano de igualdad con las cadenas monopólicas de comunicación en un interesante reparto de roles:

Los medios construyen el mapa de los "buenos" y los "malos" en la política argentina y algunos jueces traducen esa cartografía en fallos judiciales". Esta crítica es compartida por Raúl Zaffaroni, exjuez de la Corte Suprema de Justicia de la Argentina.

De hecho, el hegemonismo estadounidense y el neoliberalismo se refuerzan mutuamente al posibilitar que, una vez eliminada la amenaza de un sistema socioeconómico alternativo, sea restablecido el poder y los ingresos de los monopolios y las grandes empresas, y por lo tanto de las oligarquías de las finanzas y las industrias de los países "desarrollados" -la "triada" constituida por EE.UU., Japón y la Unión Europea-, cuya influencia determinante en el seno de los sistemas políticos nacionales crecerá aún más, permitiéndoles así un mayor drenaje de inmensos recursos financieros que les llegarán bajo la forma de "renta".

El proceso de internacionalización de las economías y de la transnacionalización de las empresas occidentales es crucial para esas oligarquías que se integran sin reservas al neoliberalismo globalizado, y cuyo objetivo principal es por lo tanto preservar a cualquier costo los intereses de sus empresas e intereses personales en la gestión del mercado mundial.

El imperialismo actual ha ido evolucionando hacia una forma más colectiva, en la cual EE.UU. actúa como defensor de los "intereses comunes" que comparte son sus aliados subalternos, o sea los demás miembros del G7, que en la práctica ha sido convertido en el "directorio del mundo".

En esta configuración los aliados subalternos aceptan que deben contentarse con un desigual reparto de las ventajas que podrán ser obtenidas, y sus oligarquías nacionales estiman que "las ventajas procuradas por la gestión del sistema mundializado por EE.UU. para cuenta del imperialismo colectivo superan sus inconvenientes".

*Colaboradores de Prensa Latina.

Miembro de la Coordinadora Internacional TESORO y de la Federación Internacional de Comunicadores Populares (FICP)