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Actualizada: 15/08/2016
 

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Una guerra fría al servicio de una guerra
geoeconómica (II)

Por Alberto Rabilotta y Michel Agnaïeff *

EL SUEÑO (Y LA PESADILLA) DEL RETORNO A UN MUNDO UNIPOLAR

Adoptando el papel de gendarme mundial de esta mundialización neoliberal, Washington se arroga el derecho de intervenir en el país que considera necesario y en cualquier región del planeta, recurriendo para ello a sus redes de influencia y a sus aliados locales, con la fuerza brutal cuando lo estima necesario.

El balance de las últimas décadas es definitivamente claro, con las diversas tentativas de cambios de régimen, las invasiones de Afganistán, de Iraq y de Libia. Es un hecho que en el breve período de unipolaridad que seguirá a la desaparición del "enemigo" soviético y de la "amenaza" comunista, EE.UU. consideró su hegemonía mundial como un hecho irreversible.

Este punto de vista continúa dominando el pensamiento político estadounidense a pesar de los cambios en la correlación de fuerzas en el terreno económico mundial, así como del evidente fracaso del neoliberalismo en la resolución a largo plazo del problema de los ciclos de realización del capital en las economías reales, una contradicción fundamental que mina desde los años 70 del siglo pasado a las economías de los países más desarrollados del capitalismo.

A esto se añade la creciente pérdida de credibilidad en las elites dirigentes por parte de las poblaciones, como lo vemos en las sociedades de EE.UU., Gran Bretaña y otros países de la "triada".

Empero, la inflexibilidad sigue figurando en el "orden del día" cuando se trata de proseguir las políticas imperialistas, y esto se explica por dos razones principales. La primera es la rigidez del "nuevo orden legal internacional" que ha sido implantado a lo largo de los diferentes tratados bilaterales y multilaterales sobre el comercio, la protección de las inversiones y el derecho de propiedad intelectual. Lo anterior, y el haber creado un "santuario" para los intereses financieros a fin de resguardarlos de las decisiones políticas, han subordinado los Estados a este "nuevo derecho" que en la vida social real ha vaciado la democracia liberal y representativa de su contenido, conservando solamente su aspecto formal.

A diferencia del capitalismo de la era industrial, que para sobrevivir y conservar el poder terminaba aceptando negociar con las fuerzas sindicales y políticas algunas reformas laborales y sociales, el actual sistema descarta definitivamente toda transformación o mutación del modelo económico, revelando así su naturaleza profundamente antisocial, tema que comienza a preocupar a destacados economistas y a medios destinados a la cúpula empresarial.

Eso explica que la "retroalimentación" democrática, desde el terreno laboral hasta el social y político, haya sido limitada y va camino de la extinción, y que la preocupación por mantener los dogmas subyacentes del modelo nieguen sistemáticamente la necesidad de respetar la pertinencia social.

Como con las monarquías absolutistas basadas en el "derecho divino", en este sistema casi no hay espacio a la negociación y a reformas que favorezcan tanto a las economías reales como a las sociedades, y esta política también se refleja tanto en la vida política y social de los países del bloque occidental como en sus relaciones con los países percibidos como "recalcitrantes".

La segunda fuente de esta rigidez es la homogeneidad mental que reina en el estrato de los cuadros y empleados en las esferas políticas, económicas, mediáticas y académicas. Homogenización que es fruto de la implantación en esas esferas de las ideas neoliberales en el curso de las últimas décadas.

Durante largo tiempo la formación recibida y los criterios de selección jugaron a favor de este tipo de perfil en los candidatos. Esta homogenización mental es actualmente una barrera a cualquier crítica que ponga en tela de juicio los supuestos fundamentales del neoliberalismo y que abra espacio a la exploración de soluciones de recambio que se alejen o contradigan los fundamentos de esa doctrina, y por lo tanto a la flexibilidad en la negociación, tanto en el terreno de las relaciones y de los aspectos sociales, como también en las relaciones internacionales.

Tal inflexibilidad en el contexto de una creciente inestabilidad hegemónica tiene por consecuencia los comportamientos internacionales que vemos en EE.UU. y sus aliados subalternos, que de más en más contradicen aspectos esenciales de la realidad existente. Esta inflexibilidad se manifiesta en la "falta de armonía" o de coherencia entre algunas de las partes del sistema mundial de alianzas del imperialismo.

El laxismo de EE.UU. en la tarea de mantener la disciplina en el campo de sus aliados puede explicarse por una cierta embriaguez nacida de los "vapores" de la unipolaridad, que se disipa rápidamente desde comienzos del 2013.
Pero considerando con realismo la situación, ese laxismo puede también ser explicado por las transformaciones exigidas a partir de la dualidad "totalitarismo neoliberal-hegemonismo estadounidense", que en sí misma puede ser fuente de contradicciones.

La defensa de la unipolaridad a cualquier precio, las fallas de disciplina en el campo de sus aliados y los temerarios comportamientos que se produjeron en el Cercano Oriente, en África del Norte, en la periferia de Rusia y de China, permitieron crear "un caos bien planificado y muy útil al imperialismo" en las relaciones internacionales y la gestión -de corto plazo y alcance- de las contradicciones políticas, económicas y sociales generadas por el totalitarismo neoliberal.

Esto último puede también ser visto como la creación y la explotación sin fin de tensiones en el mundo para que funcionen como válvulas externas de seguridad, destinadas a bajar las presiones sociales internas.

En cuanto a la lógica propia a la dinámica del imperialismo, el caos en el cual fue sumergido el Oriente Medio es un elocuente testimonio. Las invasiones de Iraq y Libia, la desestabilización de Siria, la apertura política hacia los "hermanos musulmanes" en Egipto, y por otra parte el apoyo otorgado a regímenes confesionalistas y retrógrados, como mínimo complicaron y retardaron considerablemente la emergencia de un mundo árabe más estable y desarrollado, o dicho de otra manera, la construcción de un polo árabe en un mundo que evoluciona hacia la multipolaridad.


Lo que es bien cierto, y más allá de las "ventajas tácticas" y las "victorias pírricas" ganadas en ese caos, son los enormes riesgos incurridos para la paz regional y mundial. Podemos pensar en el comportamiento del presidente turco Erdogan, mandatario de un país miembro de la OTAN, con su proyecto de reconstituir el Imperio otomano, su apoyo a los grupos rebeldes y terroristas en Siria mientras reprime de manera brutal y sangrienta a la población kurda dentro del territorio nacional.

O el peligroso polvorín creado por el "cambio de régimen" en Ucrania y la formación de un gobierno dominado por una alianza entre oligarcas que originaron los problemas en ese país con ultranacionalistas y neonazis de origen reciente o antiguo.

¿Y qué decir de la política seguida por la familia real de Arabia Saudita, que se sirve de un movimiento político-religioso, el wahabismo, para desestabilizar sociedades que se consideren mínimamente laicas, que provoca abiertamente conflictos bélicos, como en Siria y Yemen, y se ensaña en aumentar las tensiones con Irán, sin importar que podría así precipitar toda la región en una guerra?

Lo mismo con Israel, país que está profundamente comprometido en la confrontación con Irán y que participa en la desestabilización de la región medio-oriental, y que se paga el lujo de ignorar décadas de condenaciones y críticas por parte de la mayoría de países del mundo por sus odiosas políticas de expansión territorial y de brutal represión del pueblo palestino.

Es por eso que no hay nada de sorprendente en la llamada de atención lanzada recientemente por Ted Galen Carpenter, importante miembro del conservador Instituto Cato y colaborador de la publicación National Interest, quien escribe que ya "es tiempo de podar la sobre-extendida red de alianzas" de EE.UU. a través de la OTAN, recordando que esa tarea nunca fue llevada a cabo por la OTAN al final de la guerra fría, y que ahora es necesario emprenderla.

Carpenter escribe que hay dos tipos de aliados que califican para ser "podados": los países del Báltico, que son pequeños, carecen de importancia estratégica en lo económico para EE.UU. y tienen malas relaciones con Rusia, y los "aliados odiosos" por sus políticas domesticas y regionales, desde Arabia Saudita hasta Turquía, pasando por Egipto e Israel.

Pero la "poda" no ha sido hecha y tampoco lo será en un futuro cercano, sino más bien al contrario, ya que EE.UU. sigue incorporando o buscando incorporar a más países vecinos o cercanos a Rusia, sin tomar en cuenta las intenciones políticas ocultas o no de esos nuevos aliados.

Y sin considerar que en caso de un grave incidente fronterizo provocado contra Rusia, sin el apoyo explicito de Washington, todo acto de guerra corre el riesgo de transformarse en pocos segundos en una conflagración nuclear, y todo enfrentamiento regional convertirse rápidamente en conflicto mundial.

Para muchos observadores Washington está claramente dando la impresión de que no puede o no quiere imponer a sus aliados la disciplina imperial en el delicado terreno de gestos y acciones que pueden conducir a la guerra.

La disciplina imperial reposa desde hace milenios en el principio de que los aliados y vasallos no tienen intereses más allá de servir al supremo interés del imperio. No importa cuán seductoras sean las distinciones entre las diferentes formas de hegemonía y de imperialismo, ninguna es suficiente para explicar la ruptura de ese principio.

Y a la vista de la reacción muy negativa de Israel y Arabia Saudita en el 2011, cuando la Administración Obama abandonó al (entonces) presidente egipcio Hosni Mubarak, es difícil descartar la hipótesis de que efectivamente un mundo unipolar convenía a un buen número de aliados de EE.UU., porque les ofrecía el marco para facilitar la realización de sus propias ambiciones regionales.

Esos aliados no tienen pues ningún interés, ni tampoco intención alguna, de abandonar las ventajas que para sus proyectos les proporcionaba la unipolaridad. Por eso continúan actuando temerariamente y en el marco de un escenario perimido, provocando o alimentando peligrosas confrontaciones políticas o militares, porque a algunos de ellos un retorno a la guerra fría puede parecerles ventajoso.

En un reciente artículo titulado "Estados Unidos, crecientemente inestable", el sociólogo Immanuel Wallerstein analiza la inestabilidad, que ya no es un problema exclusivo de los llamados "países del Sur", y que está propagándose a las esferas de la sociedad y la política en EE.UU.

Apunta que paralelamente en "todo este tiempo Estados Unidos ha ido perdiendo su autoridad en el resto del mundo. De hecho ya no es hegemónico. Quienes protestan y sus candidatos han estado notando esto, pero lo consideran reversible, pero no lo es. Estados Unidos es ahora un socio global considerado débil e inseguro. Esta no es meramente la visión de los Estados que en el pasado se han opuesto con fuerza a las políticas estadounidenses, como Rusia, China, Irán. Esto es también cierto para los aliados presumiblemente cercanos, como Israel, Arabia Saudita, Gran Bretaña y Canadá.

A escala mundial, el sentimiento de confiabilidad de Estados Unidos en el ámbito geopolítico se movió de casi 100 por ciento durante la época dorada a algo mucho, mucho menor. Y empeora a diario".

El severo juicio planteado por Wallerstein parece confirmarse en los hechos, con los virajes y cambios de la política exterior de Turquía después de la extraña tentativa de golpe de Estado el pasado 19 de julio.

Esta degradación no ha pasado desapercibida para un diplomático que conoce la historia, como el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, quien refiriéndose a los "importantes cambios que estamos viendo en la escena internacional", dijo el pasado 1 de junio que nuevos centros de desarrollo económico e influencia están emergiendo y ganando fuerzas, sobre todo en la región Asia-Pacífico, pero que "también observamos un fenómeno tan extraordinario como la transformación de Europa en una región que irradia no el tradicional bienestar, sino la inestabilidad".

Esta "irradiación" de inestabilidad a partir de Europa proviene sin duda de los efectos perversos del modelo económico, social y político de la Unión Europea (UE) y de la demostrada incapacidad de los actores principales de la UE (Alemania y Francia en particular) de oponerse a la política temeraria que emana de Washington.

A lo que se agrega el rechazo a aceptar que la hegemonía neoliberal y la unipolaridad son cosas del pasado, y que nos encontramos en una transición geopolítica que puede llegar a ser el embrión de una multipolaridad, o de un policentrismo, como suelen decir los rusos.

*Colaboradores de Prensa Latina.

Miembro de la Coordinadora Internacional TESORO y de la Federación Internacional de Comunicadores Populares (FICP)