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Actualizada: 02/08/2018


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El poder divide y mata.
Por Luis Enrique González
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La destrucción de un gran país como la Unión soviética no resultó tan dramática o violenta como la crisis del poder político en su principal sucesora, Rusia, liderada por uno de los artífices del fín del socialismo, Borís Eltsin.

Las reformas neoliberales emprendidas a principios de 1992 y sus terapias de choque conducían a la nación hacia el precipicio , el gasto social prácticamente era nulo, los precios de los artículos de primera necesidad sufrieron un alza desenfrenada, abriendo las puertas a lo que no pocos consideraban un genocidio económico.

A principios de 1993, Yelsin acusa al Parlamento de frenar el programa de reformas propuesto y desarrollado por Anatoli Chubais y Egor Gaidar, entre otros. El Parlamento, liderado por Ruslan Jasbulatov, responsabiliza al presidente ruso del caos y suma a su favor al vicepresidente Alexandr Rutskoi.

El peligro de guerra civil aumenta. El mandatario pierde a su segundo en el poder, Alexandr Rutskoi, exgeneral y héroe de la guerra de Afganistán.

Moscú retoma el pulso, luego de la aparente calma meses después de la destrucción de la URSS. Medios de prensa de todo el mundo, advertidos o no de lo que sucedería, con apoyo de Estados Unidos y Occidente, llegan a la capital y se posesionan ante un tenso teatro de operaciones.

Nuestro búnker, Petrovska 15.

La calle Petrovska, en el mismo corazón de Moscú, se convirtió en un sitio privilegiado para seguir los acontecimientos. En su número 15, Prensa Latina daba espacio temporal a la agencia mexicana Notimex y al diario El Periódico. La colaboración resultaba clave para tratar de abarcar todo lo que ocurría.

Los hechos se suceden con celeridad. Yeltsin decreta el 21 de septiembre de 1993 la disolución del Parlamento, que, a su vez, considera ilegal la acción del ocupante del Kremlim y lo sustituye, nombrando, según establecía la Carta Magna, al entonces vicepresidente Rutskoi.

La vida en la capital se torna intensa, manifestaciones populares en respaldo a los opositores, barricadas en torno a la sede legislativa, conocida como la Casa Blanca, forcejean con la decisión de Yelsin de concluir la misión iniciada con la destrucción de la Unión soviética, acabando con alguna mínima esperanza de retorno. Las Fuerzas Armadas titubean y sus máximos jefes aseguran que respaldan al Presidente para evitar la guerra civil.

En la corresponsalía, donde también residíamos, contábamos con las agencias Itar-Tass e Interfax como fuentes principales, además de la televisión y alguna que otra estación radial. Sin embargo, transmitíamos lo que acontecía teniendo como testigo la calle. El ruido nada agradable de los equipos de teletipos no dejaba ni pestañar en medio de momentos complicados y durante los cuales apenas se dormía.

La solidaridad reinaba entre  colegas, y entre todos aportábamos algo que comer o tomar, en medio de la tensión, el cierre de mercados y la escasez reinante.

Contábamos entonces con una línea directa con la central en La Habana para recibir informaciones y mensajes a través de los artefactos ruidosos. La labor ingenira nos había facilitado hacía unos meses el trabajo, adaptando una computadora de mesa, ya casi obsoleta, para transmitir a la velocidad y usanza de los teletipos.

Se alistaba un asalto definitivo a la Casa blanca, donde una 700 personas, diputados y seguidores, se atrincheraban en su batalla por el poder. El movimiento de máquinas de guerra aumentaba.  La calle Petrovska fue testigo del paso de carros blindados que estremecían viejos edificios y señalaban el camino al famoso teatro Bolshói, a apenas 200 metros, y de ahí, casi nada, a la Plaza Roja y el Kremlim.

Una de las tarde noche, ya de finales del frío septiembre o de los primeros días del no menos gélido octubre, debimos correr escaleras abajo para evitar ver que los autos de la corresponsalía fueran convertidos en chatarra. Una caravana de blindados y piezas artilleras se desplazaba hacia el centro de Moscú y nos obligó a moverlos, con algo de trabajo, hacia la parte trasera del edificio, a través de un arco.

El medio piso del tercero, pues frente teníamos otra oficina, trabajaba las 24 horas hacía ya unas semanas, se veía venir el desenlace fatal.

Los colegas decían que de Yeltsin podía esperarse cualquier cosa, sobre todo por lo insospechado de su reacción a una sobredosis de bebida.

Ostankino, primera batalla.

Los medios dan la señal de alarma. Avisan del avance opositor, la toma de la alcaldía y el intento de ocupar la torre de televisión Ostankino, controlada por efectivos de tropas especiales del Ministerio del Interior.

Fuimos en esa dirección. Barricadas, alambradas, vehículos en llamas, algunos volcados, y gente corriendo con los conocidos cócteles Molotov en mano conformaban un panorama de guerra.

No logramos llegar. Nos separamos unos 600 metros de la torre televisiva y el fuego de fusiles y de algún armamento pesado dejaba su huella de muerte; en este escenario se fijó en más de 60 personas, casi la totalidad de los defensores de Ostankino.

Por nuestro lado pasaba alguna ambulancia, escaso servicio entonces, con heridos. Disparos con dirección escapada se sintieron cerca y nos obligaban a mantenernos de espectadores, parapetados en cualquier objeto que garantizara un mínimo de seguridad, soportando los consejos reiterados de quienes, al pasar, con gritos característicos del lenguaje rudo ruso, nos decían que nos fuéramos del lugar.

Ya en la noche de ese 3 de octubre baja la intensidad, la destrucción impide la señal de la televisión, pero los seguidores de Yeltsin derrotan a los partidarios de Jasbulatov y Rustkoi, dejando a penas un foco de guerra, la sede el Parlamento, junto al río Moscú, frente a la importante Kutuzov, con su arco del triunfo y el museo de ese monumento épico en la historia que fue la batalla de Borodinó.

La toma de la Casa blanca.

El movimiento castrense se consolida en una dirección, la Casa Blanca. Yeltsin tiene el respaldo del mando militar. La historia reveló que Washington le había aconsejado no demorar el fin violento de los opositores, al precio que fuere necesario.

Al amanecer del 4 de octubre, el imponente edificio se convierte en un tiro al blanco, con empleo del del más diverso calibre; el humo de las ventanas descubre el fuego provocado en el interior de varios pisos superiores.

Desde algo lejos, apostados en una de las riberas del Moscú, pues resultaba imposible acercarse por los controles castrenses, observábamos apenas una columna negra que se elevaba al cielo provocada por el bombardeo y escuchamos el sonar de la artillería.

Por momentos la calma reinaba, luego supimos que respondía a cortas treguas con el propósito de permitir la salida de legisladores que se rendían. La intensidad del cañoneo aumentaba y una vez más se detenía hasta pasado el mediodía, cuando los mandos fieles a Yeltsin ordenaron la toma de la sede parlamentaria con sus fuerzas élites.

Piso a piso sofocaron la rebelión y se llevaron como trofeo de guerra a los líderes sublevados, Jasbulatov y Rutskoi. La puerta trasera, más bien en la dirección de la embajada deEstados Unidos, sirvió para sacar también a algunos heridos y los cuerpos de los caídos en la defensa de la sede parlamentaria.

La represión aplastaba poco a poco la resistencia popular, los detenidos fueron muchos, aunque nadie se atrevió a dar precisiones. Quedaba así el escenario listo para que Yeltsin impusiera todo su poder presidencialista. La destrucción de la Unión Soviética en 1991, promovida por Yeltsin, había dejado tres víctimas fatales, apenas sin disparar un proyectil.

Una cifra exacta de víctimas es difícil de definir; el parte oficial reconoce unos 200 muertos y menos de 500 heridos, aunque diversas fuentes sitúan los falledicos en un número próximo a los dos mil.

La cobertura periodística se nos hizo complicada con las medidas impuestas por un presidente con las manos sueltas, sin control ni contraparte.

De inmediato dictó el estado de excepción, el propio 4 de octubre, que mantuvo vigente hasta el 18. Por esos días, en dos ocasiones, pasadas las nueve de la noche, fuimos retenidos en los diversos controles, aunque la credencial periodística pesaba en algo para solo ser advertidos y dejarnos continuar a lo que denominamos entonces el bunker de Petrovska.

Yeltsin consolida el poder a partir de los llamados decretazos. Prohíbe organizaciones de izquierda y otras partidarias de los depuestos legisladores. Ordena el cierre de publicaciones con líneas editoriales opositoras. Obliga a dimitir a Valeri Zorkin, titular del Tribunal Constitucional, por haber calificado de ilegal todas las maniobras contra el Parlamento. Para finales de 1993 impone una Carta Magna a su estilo.

El golpe de Yeltsin tiene su punto culminante en las elecciones presidenciales de 1996 cuando, tras una primera vuelta en la que termina igualado con el dirigente comunista Guennadi Ziuganov, se declara vencedor en la segunda y decisiva ronda en un escrutinio fraudulento, como evidenciaron investigaciones posteriores, y reconoció hace ya algún tiempo el primer ministro Dimitri Medvedev.
Tomado de "Periodismo. Riesgos y peligros".
Prensa Latina 2014
Luis Enrique González es Presidente de PL.
Gorbachov se confiesa: "El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo”
Por Arthur González (El Heraldo Cubano)

Miembro de la Coordinadora Internacional TESORO y de la Federación Internacional de Comunicadores Populares (FICP)

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