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Actualizada: 10/08/2018


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La Emigración (Española) que se pretende olvidar
Por Orestes Martí

La primera edición del libro “Alberdi, el vasco” se produjo en el mes de enero del año 2007, su prólogo fue escrito por Isabel Salud, en aquel entonces Secretaria del Partido Comunista de Euskadi (1). Allí el autor narraba algunos episodios en la vida del singular combatiente internacionalista Luis Alberdi Cendoya y su familia; y no solo lo hacía como homenaje a aquel infatigable luchador, combatiente y guerrillero; también su objetivo estaba dirigido a que el olvido intencionado no lograra cambiar los hechos, alterar la historia, convertir los buenos en malos, hacer que episodios como la emigración forzosa pudiera ser manipulado por las mismas fuerzas políticas que promovieron el golpe de estado contra la República española a través de “los medios” que actúan con mucha mayor eficiencia que los partidos políticos.

Rumbo al exilio
(foto Archivo Histórico del PCE)

Del libro copio: También en ese año y mes, después de la caída de Catalunya, cientos de miles de españoles atraviesan la frontera francesa a través de los Pirineos (hay diversas estimaciones que van desde el millón y medio de personas hasta un poco menos de medio millón; el Informe Vallière, llevado a cabo por petición expresa del Gobierno francés, dado a conocer el 9 de marzo de 1939, brindaba la cifra de 440.000 refugiados, de los cuales 170.000 eran mujeres, niños y ancianos, 220.000 soldados o milicianos, 40.000 inválidos y 10.000 heridos-)

Hoy ha caído en mis manos el artículo Españoles, refugiados e «indeseables». de Virginia Mota San Máximo, en el que aborda este tema; les invito a leerlo y a reflexionar sobre la cuestión.

(1) Prólogo
Isabel Salud
Secretaria General Partido Comunista de Euskadi

Ya se marchan
leves como acordes de guitarra,
firmes como raíz de guerrilla;
despacio, sin más ruido que su sombra,
sin más verbo que sus actos,
cansados de olvido ajeno,
repletos de memoria herida.
Como un bosque de banderas
van diciendo adiós desde otro siglo
Mikelgorri

Según el filósofo Mate hay dos formas de pasado, una que llega hasta ahora, y otra que desaparece. La primera, la de los vencedores, y de ella se encargan los historiadores. La segunda, la de los vencidos, y de ella se ocupa la memoria.
Para las personas que seguimos estando orgullosas de nuestro pasado de lucha y que mantenemos contra viento y marea los valores de la izquierda, todas las aportaciones que se están haciendo para recuperar nuestra memoria nos llenan de esperanza hacia el futuro.
No se trata de la autocomplacencia de nuestros recuerdos, de la memoria sentimental de lo que pudo haber sido y no fue. Se trata de reivindicar la historia, la verdadera historia de los valores de progreso, de lograr el reconocimiento social y político y de hacer justicia a las víctimas.
Es por esto que libros como Alberdi, el vasco, tienen un gran valor, porque forman parte de la recuperación de nuestra memoria, de nuestra historia. La historia de aquellos hombres y mujeres excepcionales que vivieron una época excepcional, la República, la guerra y la clandestinidad. Una República que respondió a los anhelos de democracia y de justicia de amplios sectores populares, que llevó a cabo grandes reformas en el terreno social, cultural, económico y laboral.
Reformas que pusieron en peligro los grandes privilegios de los más ricos que no tardaron en empezar a conspirar contra el legítimo gobierno republicano hasta que se levantaron en armas provocando la guerra civil y la larga noche del franquismo.
Alberdi, a quién también le toco vivir esta época dramática, no fue testigo mudo de la misma, sino activo militante contra el fascismo en España primero y contra el nazismo en Francia, después. A pesar de ser herido de gravedad en Bilbao, siguió combatiendo con su unidad hasta los últimos momentos de la República, acercándonos al valor y determinación de miles de hombres y mujeres que dieron su vida por los ideales de libertad y justicia social. Años de clandestinidad, de exponerse a ser detenido e ir a la cárcel, de esfuerzos para reorganizar el partido y la lucha en el interior, de tener que vivir exiliado, de cambiar de residencia e incluso de país para seguir la lucha. España, Francia, Polonia, Cuba, son sus cartas de presentación. Este es el legado de un camarada que como muchos miles de hombres y mujeres lucharon incansablemente por un mundo mejor.
La izquierda tenemos una deuda impagable con camaradas como Alberdi, nos corresponde ahora recoger su testigo, porque hoy como ayer, son muchas las razones que demandan de nosotros la misma actitud activa. En nuestro entorno más inmediato los problemas a los que nos enfrentamos con la falta de un trabajo digno, el individualismo, la carestía de la vida, el consumismo, el “sálvese quien pueda” y un largo etcétera. Y más allá de nuestras fronteras, el hambre, la guerra, la miseria, la explotación y la muerte de millones de seres humanos están a la orden del día.
A aquellos que como Alberdi sentimos pasión por la vida y late la rebeldía en nuestros corazones no podemos quedarnos pasivos, ser convidados de piedra de la historia de la humanidad, no podemos dejar de preguntarnos ¿por qué?, ¿por qué pasan estas cosas?, ¿será el azar?, ¿será un capricho?, o quizás será porque es inevitable.
Sabemos que las cosas no ocurren por casualidad, que tienen una explicación y que debemos esforzarnos por encontrarla, esforzarnos por indagar, por razonar, por pensar y, finalmente, luchar por cambiar esta realidad. Una realidad que no nos gusta y que es fruto de un sistema injusto que favorece a los que mas tienen para quitárselo a los que no tienen nada.
Esfuerzos generosos como los del camarada Alberdi, ejemplos vivos de la determinación humana, nos ayudan a confiar en el éxito de nuestra lucha, a confiar en cambiar el mundo, a confiar en el ser humano. Cuando la memoria se hace presente, camarada Alberdi, se convierte en un instrumento cargado de futuro.


Un grupo de milicianos españoles, escoltados por la guardia móvil, conduce desde Bourg-Madame hasta la Torre de Carol, donde serán reprimidos. 04/02/1939.

Españoles, refugiados e «indeseables»
Por Virginia Mota San Máximo

Miles fueron los refugiados españoles en Francia. Hombres y mujeres con sus mayores y sus pequeños que tuvieron que abandonar sin remedio lo que habían construido durante toda una vida. Eran sus gobiernos los que estaban matando, no ellos. Eran sus gobiernos los que le habían sacado el pan de boca, no ellos. Por eso los horizontes de Porbou y La Jonquera se llenaron de carromatos de pena. Y de heridos. Y de muertos con los que el ‘sálvese quien pueda’ ya no podía acarrear. Y a paso de carga, en el noreste del extremo humanitario convivieron viudas ofreciendo su aterrado pezón al niño que cargaban bajo una manta haraposa, miserables con la frente cansada de tener miedo y ancianos respirando el aire a bocaos para que les durase otro suspiro.

También por aquellas carreteras, agotadas, circulaba una (falsa) sensación de ir hacia la tierra obligadamente prometida. Porque, ya en Francia y con Francia desbordada por lo que sí fue una crisis migratoria, el refugiado español fue recibido con hostilidad y negruzco desprecio: «Está en nuestro país. Aquí no se puede robar, ni matar, ni lucir unos galones ganados haciendo la revolución», le dijo un gendarme a Antoine Miró mientras le arrancaba sus señales. Lo cuenta Geneviève Dreyfus-Armand en L’exil des républicainesespagnoles en France.

Y esa antipatía por el extranjero—en la que mucho tuvo que ver la prensa del entonces— encerraba al refugiado en campos de concentración embarrados hasta los topes o sembrados de frío y estrechez. No había barracas, ni agua potable, ni letrinas para los españoles que ocuparon los campos de Barcarès, Gurs, Saint Cyprien y Argelès-sur-Mer, entre otros. La arena como suelo y el cielo como techo.Y hasta ahí.

Fue por Argelès-sur-Mer, precisamente, por lo que Eulalio Ferrer contó cómo una mañana de nubes bajas en la que los prisioneros españoles inundaban sus ojos de dolor por el rumor de la victoria franquista, se escuchó por megafonía que «México abre sus puertas a los refugiados españoles y recibirá a todos los que puedan llegar a sus tierras para reconstruir sus vidas en el trabajo de la libertad». Mientras, sus hermanas y su madre esperaban en un castillo abandonado de la Bretaña francesa, en Belle-Îlle-en-Mer, junto a 200 familias españolas más: «Dicen que pasan mucho frío y que les molestan las ratas y las cucarachas».

Más de medio millón sin papeles

México, Chile, Rusia, Cuba, Argentina, Colombia, Venezuela, Estados Unidos. Francia. Sin contratos laborales pisaron los mundos los españoles, «sin importar un trayecto lleno de despojos y hedores durante 41 días de camino a Santo Domingo», prologa la hija de Ferrer en Entre Alambradas. Y es que a la solidaridad bien entendida, a la amplitud más inmensa de la inteligencia, no le hace falta trabar la vida con cuatro palabras.

Refugiados españoles en el campo de internamiento de Argelès-Sur-Mer, en el este de Francia, donde fueron a parar la mayoría de los republicanos que huyeron por Catalunya.

Porque en la Francia alambrada no siempre se comía. Con suerte, un trozo de pan lanzado hacia la multitud diarreica y hambrienta que se agolpaba en torno a una despensa medio vacía de cuatro ruedas comandada por senegaleses. Por eso muchos españoles regresaban a su más que probable patíbulo patrio, que lo fue. Lo hacían, en principio, a escondidas y muertos de miedo. Después, con la experiencia de vivir enjaulados en una tierra que los consideraba enemigos, y con el más que probable exilio eterno, se aventuraban a cara vista por las carreteras hacia su España. Daba igual la represión. El dolor del hambre había terminado con sus miedos. La España en paz merecía la pena. Como si Francia fuese a durar un momento. Como si la paciencia fuese algo dinámico. Pero Franco estuvo 40 años más y sus vidas enteras el exilio.

Medio millón de españoles, medio millón, llamó a las puertas de Daladier, que solo corrió el cerrojo para esos «extranjeros indeseables» por la presión de la opinión pública: «Los niños han cogido aquí y allá paja, pero la mayoría duermen todavía sobre la tierra húmeda. No tienen manta. Tratamos de protegerlos contra el frío con nuestras ropas, pero no tenemos muchas. Tiemblan de frío en cuanto se hace de noche y cuando sopla el viento en la playa viniendo de alta mar. La alimentación es insuficiente y no hay leche para los niños», publicaba España Popular el 18 de febrero de 1940. Era un extracto de una carta enviada desde el campo de Saint Cyprien. Una de tantas.

Medio millón en poco más de cuatro meses, de enero a abril del 39. 150.000 habían ya emigrado en el 37 con la caída del Frente Norte y otros 25.000 al año siguiente. Y esto solo en Francia. Huyeron por el rebato del franquismo, alejados infinitamente de pretender un plato puesto de por vida. Hemos querido olvidar la espléndida tradición española de expulsar a quienes no casaban en su momento con el ideal del gobierno de turno. Judíos, moriscos, jesuitas; progresistas y liberales; demócratas y republicanos, todos tuvieron que salir huyendo a pesar de ser igual de españoles que quienes pretendían clavarles una estaca en el corazón.

Sí, la migración es una constante vital de la historia de España, dicho en particular. Tanto que no podría entenderse la construcción social sin ella. Tanto que ha enriquecido, enriquece y enriquecerá toda tierra que pretenda tener un mínimo de salubridad humana. Una foto muy famosa retrata Collioure atestada de refugiados españoles que huían de la Guerra Civil. En otra, un gendarme francés da de comer a una madre española, abatida, que sujeta entre sus brazos a sus dos niños pequeños. Hay millones de fotos para poner la zancadilla a ese discurso alarmista que pretende untar España de parcialidad, injusticia y de una insolidaridad que se hace ya insoportable. Porque cuando los diputados terminen de encender las brasas y sean las multitudes quienes se quemen las unas a las otras, ellos serán los inmigrantes que tanto les gusta atacar. Veremos entonces por dónde salen.

Miembro de la Coordinadora Internacional TESORO y de la Federación Internacional de Comunicadores Populares (FICP)

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