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AUTO-HERMES

 

YO SOY DE DONDE HAY UN RÍO.

Una ciudad cubana fundada por canarios:

 San Antonio de los Baños

BOSQUE MARTIANO DEL ARIGUANABO.

   A la salida de San Antonio de los Baños, rumbo a Alquízar, las manos, el intelecto y el patriotismo de un hombre han sentado las bases de un bosque (hoy en pleno fomento), poblado de cubanísimas especies vegetales extraídas de las páginas de un glorioso diario.

Las plantas, que crecen al influjo del ambiente ariguanabense, fueron buscadas en disímiles rincones de nuestra geografía y muchas de ellas, aún retoños, en intrincados parajes de las serranías del oriente del país, donde las vio en su medio natural hace más de un siglo nuestro Héroe Nacional.

En el conocido diario de campaña De Cabo Haitiano a Dos Ríos, Martí hace constantes menciones sobre la rica flora que encuentra a su paso. Y precisamente el inventario de aquellas plantas que mencionó sirvió de base y meta para reunirlas en un solo sitio y velar por su desarrollo.

Rafael Rodríguez Ortíz – que en un plano menos formal responde al apelativo abreviado de Felo- es el creador de este Proyecto de Bosque Martiano, recientemente galardonado con uno de los premios provinciales de Cultura Comunitaria.

El sitio escogido está delimitado- a pocos pasos de la carretera y próximo al borde suroccidental de San Antonio – por una cerca simbólica, en un lugar que increíblemente era, cuando el proyecto aún no existía, un vertedero.

Una portada rústica y llena de poesía, una talanquera y un estrecho portón peatonal, dan la bienvenida a esta obra en plena naturaleza, amasada por el ingenio de su creador. Es curioso ver cómo se han aclimatado, en perfecta armonía, árboles y arbustos procedentes de localidades diferentes entre sí en cuanto a suelos, humedad, altitud, etcétera.

 

Un bosquecillo de majaguas, tras la entrada, brinda la sombra necesaria para escuchar a Felo desde duros asientos pétreos. Los orígenes del proyecto, los obstáculos, la voluntad para llevarlo adelante y las nuevas y maravillosas ideas de inminente aplicación brotan de sus labios con inusitado ímpetu y entusiasmo.

Al calor de sus apasionadas palabras la viste percibe, a un costado, cocoteros y plátanos, naranjos y caña de azúcar, árboles de caimito y mango, hasta superar las más de 40 especies que fueron mencionadas por Martí en el citado diario. En un sitio especial, conformando un dúo, una ceiba y una palma real demuestran que pueden crecer juntas, aunque ello no ocurra en la naturaleza con mucha frecuencia.

El Bosque Martiano del Ariguanabo no solo bulle de vida vegetal. Su creador, incansable en el perfeccionamiento de la obra, la pone a disposición de las nuevas generaciones como ejemplar vivencia e inolvidable recuerdo formativo. Y muy pronto, según afirma, varias especies animales fijarán definitivamente su morada en el lugar, entre ellas las jutías.

Troncos de madera convenientemente situados en una pequeña pendiente representan los campamentos de Martí en su último trayecto por la geografía mambisa de 1895. El conjunto, con las anotaciones pertinentes, parece presidir el proyecto.

Muy pronto, una réplica de la campana de La Demajagua ocupará su sitio entre dos robustos pilares de madera y cuando los mangos lo permitan, una hamaca encontrará sitio entre ellos como recordatorio permanente de la Protesta de Baraguá.

Felo no pierde oportunidades. Su bosque está a disposición de la enseñanza y la formación virtuosa de la niñez y la juventud. La palabra "Cuba" resuena con énfasis en sus labios cuando la menciona, especialmente si lo hace frente a niños que extasiados, esperan encontrar al Apóstol de la independencia nacional entre aquellos árboles sembrados y cuidados con infinito amor.

Una obra como esta merece respeto y admiración. En eso y en su posible utilidad docente pensaba cuando, unas tardes atrás, luego de visitar en compañía de Felo sus plantas, el grupo del que formábamos parte llegó al sitio escogido para una breve velada cultural y la entrega posterior de los premios provinciales de Cultura Comunitaria.

En la puerta del cine del Círculo de Artesanos de San Antonio, un grupo de niños ataviados para actuar nos daba la bienvenida. Entramos y una pionera, señalándolo con el dedo índice, lo identificó, expresando a sus compañeritos...!Miren, es Felo, el del Bosque Martiano!.

Varios de los asistentes nos miramos y una sonrisa cómplice recorrió nuestros rostros, mientras Felo, con el mismo cariño con que le habla a sus plantas veneradas, besaba y acariciaba a la pequeña concurrencia que, sin quererlo tal vez, le rendía el mejor de los homenajes.

Un bosque de Cuba

A Rafael Rodríguez Ortiz algunos lo acusaron de loco, pero con su cuerda pasión levantó, en lo que era un vertedero de San Antonio de los Baños, el Bosque Martiano más completo de Cuba 

 Margarita Barrio
Foto: Janett Figueredo

Una cerca de Almácigo, que con su piel de seda roja anuncia la noble idea que guarda, rodea el Bosque Martiano de San Antonio de los Baños. A la derecha una tarja colocada en la primavera del pasado año anuncia que se trata de una institución insignia de la Sociedad Cultural José Martí.

Pero esta historia comienza mucho antes, en 1991, cuando Rafael Rodríguez Ortiz, Felo —como lo conocen en su pueblo— propuso hacer el Bosque, y le entregaron un terreno. Nada menos que el vertedero de basura de ese pueblecito habanero, con dos lagunas de oxidación.

Él sabía que no era tarea fácil, pero no se dejó vencer por las dificultades: “Esta obra se merece todo el amor y el respeto que hay que dedicarle”, afirma con la sonrisa y el optimismo que lo acompañaron todos estos años de grandes esfuerzos, hasta lograr un precioso bosque que hoy es un orgullo para los cubanos.

“Un Bosque Martiano debe reunir todas las especies de árboles y arbustos que Martí menciona en su Diario de Campaña de Cabo Haitiano a Dos Ríos, que son en total 54”. Así define Felo al Bosque y precisa que el primero se hizo en Guantánamo.

“Pero este es el más completo, porque tiene todas las especies nombradas por Martí cuando describe el paisaje, y también aquellas que servían de alimentos o como medicinas a los campesinos.

“Están la caña de azúcar, el algodón, la higuereta, el café. También los plátanos, porque al lado de un platanal acontece uno de los momentos más emotivos de la vida de Martí, cuando el 15 de abril de 1895 Máximo Gómez le entrega los grados de Mayor general”. Felo recuerda aquellos primeros tiempos, cuando le entregaron el terreno.

“Algunos pasaban y me gritaban, loco, ponte a sembrar boniatos. Pero hoy todos me respetan, y también a este lugar. Nadie arroja aquí basura, de tal forma que las dos lagunas aledañas se han convertido en dos fuentes de agua limpia”.

Con majestuosidad crecen en el lugar las plantas, pues aunque es una tierra fértil, no es terreno propicio para algunos árboles, sin embargo se ven lozanos, como si comprendieran la necesidad de estar allí.

Cuando Martí desembarcó en Playitas se movió por la parte sur de la antigua provincia de Oriente, bordeando la Sierra Maestra, por eso fue necesario el traslado de plantas desde aquel lugar. Para ello Felo recibió el apoyo de los especialistas del Jardín Botánico Nacional y visitó en dos ocasiones aquellos agrestes parajes.

“Aquí puede ver plantas como el Pajuá, la Higuereta, la Guanábana, la Yaya, el Ébano, el Yarey, la Ceiba, la Güira y la Yagruma. Se han dado, como usted ve, crecen lozanamente, porque se les cuida y porque en Cuba no hay regionalismo ni en el clima”.

En el Bosque están marcados simbólicamente con postes los 27 campamentos en los cuales estuvo Martí en su recorrido de 394 kilómetros desde Playitas hasta Dos Ríos. Al final dos arbustos, el Dagame y el Fustete. Cuenta la historia que Martí al caer de su caballo quedó entre estas dos plantas. En una de ellas puso recientemente su nido una pareja de sinsontes, que ahora alegran con su canto, y el de sus cuatro pichones, el lugar.

“Yo le puedo asegurar que aquí nuestros pioneros, nuestros jóvenes, todos los que vienen a este lugar, aprenden a amar la naturaleza y a conocerla mejor, al igual que nuestra historia.

Y lo más importante, el Bosque Martiano de San Antonio ha servido de ejemplo y ya se habla del proyecto de hacer otros en diversos lugares del país. Para Felo ningún empeño es imposible. En las áreas del bosque organiza ahora un museo campesino, con objetos que tienen más de cien años. “A los pioneros les gusta mucho y son cosas desconocidas para los niños”, dice.

“Están el arado criollo, la rueda de las carretas y el yugo, una caldera donde preparaban su comida los esclavos, un tacho de los primeros que se usaron en Cuba para hacer azúcar, una canoa para tomar agua los bueyes y el pozo con su tanque”.

Otros símbolos importantes para nuestra historia están también allí. Cinco Palmas forman la imagen de nuestra estrella solitaria y ocho postes simbolizan a los hombres que se reunieron esa noche en la finca de Mongo Pérez tras el desembarco del Granma dispuestos a continuar la guerra: “Porque la historia no se paraliza en el tiempo, llega hasta nuestros días”, afirma Felo.

Igualmente está el símbolo de La Demajagua, un bosque de majagua, con la campana y la catalina: “Porque el grito de independencia de Céspedes es el comienzo de una parte muy importante de nuestra historia”.

Cuando en 1991 Felo propuso hacer el Bosque Martiano en San Antonio, idea en la cual le apoyó el maestro Odilio González, ya fallecido, era representante de la firma Artex. “Tenía un buen trabajo, pero no me interesó perjudicarme económicamente. Lo dejé y ahora soy un trabajador de la cultura y me siento muy feliz”.

Felo nació en el campo, y con orgullo afirma ser ariguanabense. “Cuando era muy pequeño mi abuelo me sentaba en su rodilla y me hacía cuentos de la guerra. Esas historias me fueron entrando por los poros, y cuando cabalgaba solo por el monte me creía un mambí. Yo pensé que un día podría serlo.

“Una vez una niña me vio así vestido y le preguntó a su papá si yo era un capitán mambí. Algunos por aquí me llaman así, y eso me produce un gran orgullo, porque considero que sigo las enseñanzas de ellos y hago lo que se puede hoy.

“Si en los campos de Cuba se luchó, y se mantiene hoy una historia tan bella que le da continuidad, aquí conversando con los niños creo que estoy cumpliendo con mi deber.

“Cuando los pioneros vienen aquí, yo les digo que es muy importante respetar y amar a la patria chica, porque de esa manera respetamos, amamos y defendemos también a la grande, que es Cuba”.

Este hombre tiene tres hijos y seis nietos. Todas las celebraciones de la familia las realizan en el Bosque Martiano, y también es lugar obligado para los amigos.

En la carretera de San Antonio a Alquízar, está el Bosque Martiano de San Antonio. Ahora nunca está solo. Los ariguanabenses sienten orgullo de él, y lo visitan también personas de otros lugares que buscan allí un encuentro con la historia y un espacio para la tranquilidad y el disfrute de la naturaleza.

El lugar se suma a otros de belleza natural que atesora este pintoresco pueblecito, de amplia tradición cultural, donde —al decir de Silvio— hay un río en la punta de una loma, y del cual recibió Martí ayuda económica por parte de los cultivadores de tabaco, cuando preparaba la Guerra Necesaria